miércoles, 2 de abril de 2008



Sus diarios reflejan, además, una serie de desórdenes alimenticios, concretamente atracones, bulimia, que por supuesto ella no llamaría con tan horrible nombre. “No confíes en mis fotos —le escribe con coquetería a Beneyto—. Son y no son yo. Hay un misterio que me obliga a revelar a la cámara mis rostros más ocultos.” Nacida en Buenos Aires, oficialmente un 16 de abril de 1936 (aunque se baraja como fecha probable el 29 de abril de 1939, de hecho la que ella festejaba), en el seno de una familia de judíos rusos. Sus referencias a sus padres suelen ser lacónicas, al borde del desdén: “Sería siniestro donar mi vida a dos dioses inútiles: el Padre y la Madre.”


Tanto sus Diarios como su prosa poética dejan entrever un abuso sexual sufrido durante la infancia, aunque no revela ningún detalle que esclarezca dicho episodio: “(…) El bosque no es verde sino en el cerebro. La abuela dio a luz a mi madre quien a su vez me dio a tierra, y todo gracias a mi imaginación. Pero allí, en el pequeño teatro, el lobo las devoró. En cuanto al lobo, lo recorté y lo pegué en mi cuaderno escolar.” (“La verdad del bosque”, Prosa completa, Lumen, Palabra en el tiempo, Barcelona, 2002).

En sus poemas Alejandra manipula la dicotomía infancia/ vejez que podría ser el equivalente de vida/ muerte: "Recuerdo mi niñez cuando yo era una anciana". Habla de las cosas del mundo como si fueran juguetes, siempre niña, como si la poesía fuera jugar a las muñecas, no cualquier muñeca: las suyas sienten, sangran, lloran, mueren... sobre todo mueren. Como hacen los niños al dibujar, un poco al estilo de T.S Eliot, traza noches demacradas y así, jugando, jugando, ilustra a través de estos símbolos infantiles el desangramiento de una mujer.


En algunos de sus textos en prosa, la niña es enfrentada a la mujer de una forma que recuerda a la típica madrastra de los cuentos de hadas, deseosa de devorar a la hijastra que no es sino el propio espejo en tiempos inocentes, pero recuerda también a la niña sexualmente devorada por el lobo feroz: “De un antiguo parecido mental con caperucita provendría, no lo sé, el hechizo que involuntariamente despierto en las viejas de cara de lobo. Y pienso en una que me quiso violar en un velorio mientras yo miraba las flores en las manos del muerto.” (“Violario”, Prosa completa) La mujer, en la obra de Alejandra, es, las más de las veces, su propia verduga. Su propia violadora.


La adultez emparentada con la desesperación y el sentimiento de fracaso en la búsqueda de amor es otra constante en su poesía. Un 31 de diciembre de 1960 escribiría en su Diario: “Cuando entré en mi cuarto tuve miedo porque la luz ya estaba prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está prendida. Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de romper algo. Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la memoria petrificada.” Alejandra fue también de las primeras poetas en lengua española en experimentar con la escritura automática, que le permitió explotar la metáfora autobiográfica.


En cierto modo se convirtió en objeto, que no protagonista, de su propia escritura. Virtualmente convirtió su propio cuerpo en el lienzo de una escritura decorada de odio por sí misma. Como bien dice Aira, uno de sus mejores críticos: “A.P vivió y leyó y escribió en la estela del surrealismo (…) Creo que es injusto reducir a A.P a una o muchas de estas formulas, porque ella las usó sólo para seguir escribiendo, no para clausurar su trabajo (…) En sus modulaciones a menudo patéticas (“la pequeña olvidada”, “la pequeña muerta”) cuando no cursis, cumplen su cometido de subjetivizar la escritura automática, y mantener la máquina en movimiento.”


Sus Diarios (Lumen, Barcelona 2003, edición a cargo de Ana Becciu), arrancan en 1954, contando la poeta la edad de Juana de Arco, su máxima heroína entonces; asidua ya a las terapias siquiátricas ante su imposibilidad de enfrentar al mundo fuera de la armadura de la página en blanco, y concluyen en 1971, un año antes de su muerte. Dos obsesiones surcan estas páginas, manifestándose prácticamente día tras día: el deseo de ser amada y el deseo de morir, aunados a un eventual deseo de locura, “Cierro los ojos y sueño la locura”. Ella misma advierte que jamás deseará apasionadamente a hombre alguno. No es “un hombre”, “cualquier hombre” lo que desea a su lado: lo que busca desesperadamente, y jamás encuentra (quizá porque en el fondo se propuso no encontrarlo para preservar el odio) es un amor, con mayúscula. No se advierte algún momento de solaz en que Alejandra haya alcanzado el primero de sus objetivos, se limita a poetizar o reflexionar acerca de furtivos encuentros sexuales con varones —“Un encuentro sexual no compromete a nada. Sólo dos seres sedientos que se unen en el desierto para ir en busca de la calma (…) Profundo asombro. ¿Qué relación hay o puede hacer entre ética y sexualidad? (…) me abrazan, mis amigos no son mis amigos, son sexos, los que me rodean son sexos, todo es sexo, y yo voy abierta y ultrajada, a la espera, y aunque me acueste con todos no es eso lo que mi sexo espera, lo que mi sexo espera es una orgía absoluta de gritos gritados por alguien que grita con todo (…)”— Lo único que parece saciarla, por lo menos concederles instantes más o menos perdurables de felicidad, es el quehacer literario; la lectura y la escritura, aunque por momentos los intentos abortados sean fuente de la más agobiante angustia.


Experimentaba una gran obsesión por la muerte, no necesariamente porque deseara vivir esta experiencia, sino como objeto literario —si bien algunos especialistas insisten en que su constante referencia a la muerte era un anuncio de lo que planeaba hacer—; la muerte aparece en su obra como interlocutora de sus personajes, como personaje en sí misma: “Lo que quisiera que mi libro dijese es la promiscuidad y la pulverización de la conciencia de una adolescente solitaria, llena de clichés solitarios (…) Me fui de mi casa a los dieciocho años —escribe el 11 de abril de 1962—. Volví. Traté de estudiar, de amar, de escribir. Vida de café y desorden sexual. Culpa e intentos de hacer lo que todos. Aún ahora trato, a veces, de incorporarme —a la digamos— sociedad, mediante un cambio externo…”


Su escritura consta de una rigurosa construcción formal y una espléndida condensación metafórica, acercándose por momentos a los “poetas malditos”, maldecida por sí misma; poseída por el infierno de una niña que solo vivió para callar el momento en que se convirtió en adulta contra su voluntad, amordazada, y trastocar la herida congénita en aullido poético.



Eve Gil

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente comentario.Quede con ganas de leer mas..Me fascina la obra de Alejandra Pizarnik y su enigmatica vida y el estilo sagaz de la escritora y periodista mexicana Eve Gil, quien siempre sabe atraparnos con sus detallados y encantadores analisis de las celebres figuras de la literatura universal..Gracias!

Decidí crear este blog porque estoy convencida que el conocimiento si no se comparte es inútil. He dedicado más de 15 años al estudio de su vida y obra. Realicé mi tesis doctoral sobre el discurso autobiográfico en AP, la cual resultó un libro de 700 páginas (se puede consultar en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid). Ahora bien, solo os pido una cosa. Por respeto a mi dedicación y estudio, si tomáis fotos, artículos u otro material, citad la fuente. Muchas gracias.

MADRID 2008

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Poeta y doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. Estudió los archivos de Alejandra Pizarnik depositados en la Universidad de Princeton.