domingo, 22 de abril de 2007

POEMAS



Nue. Sommeil du corps transparent comme
Un arbre de verre. Tu entends près de toi
La rumeur brutale d’un désir inextricable.
Nuit aveuglement mienne. Tu est plus loin
Que moi. Horreur de te chercher dans l’espace
Rempli de cris de mon poème. Ton nom c’est
La maladie des choses à minuit. On m’avait
Promit de moi un silence. Ton visage est plus
Près de moi que le mieux. Mémoire fantôme.
On aimerait tuer.
Comme j’aimerais te tuer.

à toi
le toit
à moi
les mois
[l’oubli
fini]
mémoire
armoire de gloire
sale salle de sel
toi en haut
anneau annulé
les annés les aînés
tout père
étrangle cerele
[de lumière jaune
mauve sauve]
aimé – moi
tu élis
je dis
personne dit
rien dit
le dernière du rideau
fait l’amour avec le vent
j’attends
qu’ils finissent
pour vivre
sans toi
à l’aube sans toi
[je me promène sans toi]
je me vois nue
[aux quais]
entre les déchets
qu’on rejette
chacun son lieu
d’hurler
et de dire
une absence
chacun son absence
j’ai choisie
je suis pure
[jusqu’à la nausée]
j’ai bue pour le revoir
au fond du vin
ton cri en vain.



Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego,
una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.




Esperando que un mundo
sea desenterrado por el lenguaje,
alguien canta el lugar en que se forma el silencio.
Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar,
ni tampoco el mundo.





La noche, de nuevo la noche,
la magistral sapiencia de lo oscuro,
el cálido roce de la muerte,
un instante de éxtasis para mí,
heredera de todo jardín prohibido.
Pasos y voces del lado sombrío del jardín.
Risas en el interior de las paredes.
No vayas a creer que están vivos.
No vayas a creer que no están vivos.
En cualquier momento la fisura en la pared
y el súbito desbandarse de las niñas que fui.
Caen niñas de papel de variados colores.
¿Hablan los colores? ¿Hablan las imágenes de papel?
Solamente hablan las doradas y de ésas no hay ninguna por aquí.
Voy entre muros que se acercan, que se juntan.
Toda la noche hasta la aurora salmodiaba:
“Si no vino es porque no vino”.
Pregunto. ¿A quién?
Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta.
Tú ya no hablas con nadie.
Extranjera a muerte está muriéndose.
Otro es el lenguaje de los agonizantes.
He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos
(los siento respirar adentro de las paredes).
Imposible narrar mi día, mi vía.
Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros.
Ninguna flor crece ni crecerá del milagro.
A pan y agua toda la vida.
En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída.
¿Y qué? Ojalá pudiera, vivir solamente en éxtasis,
haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo,
rescatando cada frase con mis días y con mis semanas,
infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra
de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.






LA NIÑA ALUCINADA

Cuestionar la obra poética de Alejandra Pizarnik a esta altura me parece un gesto de soberbia, incongruente. Celebrarla sin preguntarse algunas cuestiones también me parecería olvidar ciertos elementos contextuales que son inevitables a cualquier reflexión.
He asistido a innumerables conferencias sobre su figura y su poesía, unidas ambas a veces por una mítica unción de la muerte, he leído biografías, ensayos, artículos periodísticos en los que siempre se unen estas dos visiones: la poeta y la niña extraviada en su deseo de morir. Quisiera hoy que pensemos o nos preguntemos algunos asuntos relativos a observaciones acerca de la recuperación de su imagen en determinado momento histórico de la Argentina y por determinada generación.

Se relaciona a la poeta con Rimbaud, con Baudelaire, con los surrealistas. Las dos primeras asociaciones me parecen más pertinentes a los efectos de este trabajo. Sobre todo si tenemos en cuenta el compromiso político que, desde el principio, los surrealistas –me refiero al expresado desde el mismo Manifiesto Surrealista- mantuvieron como bandera y postura que, si bien no convirtió en panfletaria su poesía, sí fue un modo de vida, de subversión que no sólo pasó por la palabra, sino que se hizo extensiva a toda una práctica –más acá o más allá de cuestiones partidarias que poco vienen al caso a estos efectos.
Alejandra Pizarnik pertenece al numeroso grupo de los que publicaron durante la generación del ’60: Gelman, Bayley, Lamborghini, -algunos olvidados pero pertenecientes al grupo “Pan duro”, cuyo compromiso con la actualidad restallante por entonces era evidente, y cuya poesía no deja de ser de una actualidad pasmosa, quizás porque las opresiones son las mismas y aquí se trata exclusivamente del modo –congruencia entre forma y contenido, tal vez clave de toda obra poética- en que éstas se expresan.
No me refiero a la llamada “poesía panfletaria”, cuya vigencia es contingente y momentánea, sino a la búsqueda del sujeto en el contexto que le tocó vivir, a su ida y vuelta entre ese contexto y su obra, y en el que ambos –en el mejor de los casos- se encuentran, se complementan y generan obras imborrables que superan a la mera circunstancia histórica (pienso en el mencionado Gelman y en otros olvidados como Julio Huasi, Humberto Constantini, Haroldo Conti, Daniel Moyano, etc.)
Castigar, condenar a Alejandra Pizarnik por no haber dado cuenta en su obra de sucesos contemporáneos a la publicación de sus libros – la revolución cubana, la muerte del Che, el mayo francés, la batalla de Argelia (siendo que ella vivió en París entre el ’60 y el ’64) o por no haber reflejado tampoco los sucesos de su propio país en esos convulsivos años en los que la discusión entre literatura, el correlato de actividad artística y política estaban casi de moda, tampoco me parece pertinente.
Es evidente que Alejandra eligió su propio camino. Un camino en el cual prescindió de los vaivenes de la historia. ¿Cuestionar este camino? ¿Negar la elección de un poeta, de un artista, por este motivo? Nada más lejos de la presente reflexión.
En el momento del estreno del corto Vértigos o la contemplación de algo que cae –una obra excelente a mi parecer-, las realizadoras afirmaron en una nota aparecida en Clarín en 1993: “escribió en los ’60 poesía para los ‘90”. Las mismas autoras del corto se refieren al “boom Pizarnik”. Yo misma he sido “víctima” de ese boom y lo he observado a mi alrededor. Pero cambiaría la década del inicio –al menos del mencionado boom.
Y aquí llegamos al nudo de la cuestión. Antes de la década del ’80 – a mi criterio nefasta en más de un sentido, década intermedia, de negaciones y de recomposiciones que parecían imposibles, la década del fin de la historia, de la posmodernidad, etc.- eran inhallables los libros de Alejandra Pizarnik, hasta la publicación de Textos de sombra y últimos poemas, una recopilación de Olga Orozco y Ana Becciú. Después de esta publicación se sucedieron otras, ya promediando los ’90, las obras completas de Corregidor (dos ediciones, una posterior, ampliada y corregida, Semblanzas- un bellísimo libro tanto en objeto como en contenido numerosos ensayos, como los inteligentísimos de Delfina Muschietti, Ivonne Bordelois, etc.) Ahora, la pregunta sería ¿qué generación recibió esta figura de niña atormentada por su propia muerte, de mujer ambigua perseguida por la imagen de un jardín inaccesible? Creo que si deslindamos esta pregunta de las circunstancias sociales y hasta políticas de la década del ’80 estamos olvidando un punto importante en la reflexión de, por lo menos un aspecto de la obra –o de la repercusión de la obra- dentro de cierto marco generacional.
Precisamente en el ’86, una columnista de Clarín –Mónica Sifrim- la describe como “poeta dilecta, irresistible casi, de los adolescentes. Acaso era porque, como ellos, no ve más absoluto que su herida ni más futuro que volver a herirse”.
Aquí podríamos pensar en qué generación de adolescentes es protagonista del mencionado boom. Se trata de la generación posterior a la década del ’70. Una generación que ha quedado sin referentes, cuyos referentes son acaso una confusa mezcla de mujer y de hombre, un modelo andrógino (alguien la recuerda en un artículo del diario Sur, en diciembre de 1989 como “un muchachito hermoso, un Brian Jones con los cabellos blancos, anteojos negros y boquilla”.) Esto combinado con la presión sobre el cuerpo (pensemos en los padecimientos que aparecen en la época y que aún subsisten-, como la bulimia y la anorexia, que –aparentemente- también sufrió Alejandra-.
Un cuerpo que no logra referenciarse en otro cuerpo generacional –un sujeto social- mucho más vasto, que es el inmediatamente anterior. La generación desaparecida o prácticamente desaparecida, cuyo borramiento implicó también el borramiento del sentido de su lucha en muchos casos y que aguzó un individualismo no inocentemente fomentado desde otras esferas. (Aclaro que no estoy diciendo, bajo ningún punto de vista, que Alejandra haya sido consecuente con ese propósito, sino que quedó como huella, como marca de lectura en la generación a la que estamos refiriendo). Entonces, la salida individual, la introspección en el propio dolor, clave en esta etapa de la vida.
“La desesperación, que podría ser juzgada como la negación del espíritu de juventud, en Alejandra se tiñe con las furias y arrebatos de la infancia”, dice Osvaldo Rossler, en un artículo publicado en Clarín en 1983, en ocasión de la aparición del mencionado libro Textos de sombra.... Entre juventud e infancia se erige el espíritu adolescente. Quizá allí se encuentren -o se encontraron- los jóvenes que leen y leyeron fervorosamente la obra de Pizarnik.
Para ir concluyendo me parece importante señalar que es preciso ser conscientes, cuando nos acercamos a la obra de esta gran poeta, de cuál fue su contexto de producción y cuál el de su recepción, tal vez más ampliado en la década siguiente a la de su muerte. Casi como hablar de un deslinde entre ambos y no ser inocentes frente a ese deslinde.
Por otra parte, un punto de abordaje a su obra, señalado y analizado tan inteligentemente por Delfina Muschietti y por Elsa Drucaroff, es la violencia sobre el cuerpo femenino, el tema subyacente de la castración, del espejo recurrente en su obra que parecería volverse sobre la mirada tradicional del hombre como constructor de la imagen de la mujer y desarticularla. Un modo, tal vez velado, de denuncia de una cultura o aparato patriarcal que oculta más o menos sutilmente otros mecanismos de dominación.
Mara Vitas

LOS PERSONAJES DE PIZARNIK

Edificio de Montevideo 980, en una calle de Buenos Aires, departamento c del séptimo piso, noche del 25 de septiembre de 1972, muere Alejandra Pizarnik en este espacio, y a su lado una nota escrita en un pizarrón: "No quiero ir nada más que hasta el fondo." (¿Acaso su poesía no fue una búsqueda de este fondo?) Sin embargo, la pregunta no está del todo resuelta. ¿Cuál fue ese fondo que con palabras como miedo, infancia, silencio, muerte, locura, en su poesía nombraba? ¿Cómo fue que ese fondo la sostuvo en la palabra poética, con la cual evadía a la muerte y, sin embargo, no pudo apartar de su vida? La respuesta a esta pregunta, Alejandra se la llevó el día de su muerte.
Alejandra poseía una gran farmacia en su casa, consumía anfetaminas, primero para acabar con el complejo de gordura que tenía, después por el efecto de lucidez que le daban las pastillas, además de psicofármacos y barbitúricos. Hechos como éste quedan ligados a su muerte: ingestión de cincuenta pastillas de Seconal sódico.
Hablar de Alejandra es hablar desde el fin. Así, empezamos el relato sobre ella desde 1972 y sólo entonces después recordamos que Flora Alejandra Pizarnik nace el 29 de abril de 1936, en Avellaneda, Argentina. Fue conocida con varios nombres. Sus amigos podían llamarla Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha, de acuerdo al contexto en la vida de Pizarnik. En su primer libro, La tierra más ajena, firma Flora Alejandra Pizarnik; ya en su segundo libro, La última inocencia, omite su primer nombre, Flora. En las últimas escenas de su vida pide que la llamen Sasha. Sin embargo, su Nombre sólo lo pudo conocer ella.
Por esa causa –cambio de nombres o juego de nombres–, es posible suponer que Alejandra Pizarnik disfrutara de interpretar a los mismos personajes inventados por ella, pues muchos de ellos llegan a acercarse a su propia personalidad, como es el caso de la muñeca Lytwyn, personaje de la obra de teatro Los perturbados entre lilas, quien declara lo siguiente: "Soy un yo, y esto, que parece poco, es más que suficiente para una muñeca."
Por el simple hecho de ser muñeca, Lytwyn rebasa la realidad, es "dichosa como todo ente que no acabó de nacer", según las acotaciones de Pizarnik en la obra de teatro. Las muñecas son un símbolo en la escritura de Alejandra Pizarnik, son todo, pero a la vez es lo vacío, son personas sin serlo, son la contradicción tan buscada por Alejandra. ¿Cómo pueden, pues, estos personajitos tener vida y a la vez no, o tener una vida de "a mentiritas", una vida de juego? Por eso las muñecas de Alejandra son adorables y siniestras a la vez, quizá por eso las muñecas inquietaban y gustaban a Alejandra.
También hay otras figuras enigmáticas sobre las que escribió Alejandra Pizarnik, como la Condesa Sangrienta y la Bucanera de Pernambuco, la cual poseía un extraordinario humor delirante. La Condesa Sangrienta reúne en sus peculiares aficiones la poética de Alejandra Pizarnik: la belleza y la muerte; es la sangre y su color luminoso, son los gritos y el silencio de las víctimas; es el lujo de estar viva y rodearse de dolor y muerte. Alejandra describe así el escenario que rodea a la Condesa Erzébet:
Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos… Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto.
Es posible imaginarse que Alejandra añorara este espectáculo, y deseara pasearse algunos días en el castillo de Erzébet.
Otro personaje lúdico y ácido es la Bucanera de Pernambuco, quien retoma del lenguaje lo líquido y disperso. La Bucanera es capaz de inventar diálogos como el siguiente:

Para desatigrar a su tigresa;
Para piramedar sus medos, y que se desdieden sus miedos;
Para desapenar a la enana entre pinos –suspira Piria, supina Pina, faló la falúa en la falleba;
–justito, Justine: en el jusodicho, pelumoja-dorrito, reflantario, aleteante, ying-yang, ping-pong, meto-saco, sacmet, tsac,
–el tsac penetró por la falleba justito ¿mojadita? ¡plum-metsac! ¡más-metsac! Y tsac y
–por ahí, sí, just, píf, páf;
–supong quel tsac tlamet laloc; más jus pong pen por yá jus, ¡yajúslaloc!, ¡alborozay!

En este diálogo estalla el lenguaje de la locura, el re-hacer el mundo a partir de la desestructuración, el delirio verbal en que la mirada subjetiva lo domina todo, y el lenguaje ya no representa una sola interpretación lógica. Sin embargo, esta locura es el otro lado del lenguaje; no es la locura sin sentido, que se pierde en sí misma, es el lenguaje que la razón no puede limitar. La Bucanera comparte con Alejandra la búsqueda de una voz poética que incluye el silencio y la desestructuración del lenguaje.

Tal vez, estos personajes puedan representar cada uno alguna de las etapas en la vida de Alejandra Pizarnik. La figura de la muñeca está presente desde los primeros poemas de adolescencia de Alejandra; el aroma de sexualidad y las tardes melancólicas de la Condesa Sangrienta son una segunda etapa, tal vez algunos días de la estancia de Alejandra en París y, por último, el arrastre del lenguaje con un sorbo de desilusión de la Bucanera de Pernambuco pueden ser las últimas veladas que pasó Alejandra en su departamento de Buenos Aires.

Elizabeth Delgado

Este articulo apareció publicado en La Jornada Semanal, 11 de febrero de 2007, nº 623
Decidí crear este blog porque estoy convencida que el conocimiento si no se comparte es inútil. He dedicado más de 15 años al estudio de su vida y obra. Realicé mi tesis doctoral sobre el discurso autobiográfico en AP, la cual resultó un libro de 700 páginas (se puede consultar en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid). Ahora bien, solo os pido una cosa. Por respeto a mi dedicación y estudio, si tomáis fotos, artículos u otro material, citad la fuente. Muchas gracias.

MADRID 2008

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Mi foto
Poeta y doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. Estudió los archivos de Alejandra Pizarnik depositados en la Universidad de Princeton.